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jueves, 20 de agosto de 2009

Giros


Helena miró el reloj de la estación, incómoda. La sensación en su interior era tan pesada que anestesiaba cualquier otro sentimiento. Sólo se dio vuelta porque sabía que Jérôme estaba ahí, con ella. Quiso señalar la hora y sonreírle, jurarle que las agujas dejarían de moverse. La sensación se volvió arena en su garganta.

Jérôme la abrazó antes de que aquello pudiera transformarse en una despedida. Cuando la soltó, Helena levantó la mirada para volver a intentar hablar, pero no pudo. Él tenía lágrimas en los ojos. Ella quería llorar, pero el cuerpo no le respondió. Se quedó serena, como adormecida. Alguna vez, ella tenía que ser la fuerte.

No pudo decir nada: levantó las manos y lo abrazó, respiró hondo, y le prometió que volvería. Luego lo miró mientras se alejaba, esperando que volviera la vista, pero él no lo hizo. Helena se quedó de pie frente al andén, sola, viendo partir su cordura.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Postales


París, 2 de marzo de 1978


Querido Ernesto:

¿Cómo estás? Hace mucho que no recibo una carta tuya. Posiblemente estés muy ocupado, como siempre, o quizás es que no sabés qué escribir… Igual no pasa nada. No es que quiera que te sientas obligado a responderme, por favor, no, no quiero que lo entiendas así. Sólo quiero saber cómo estás. Es que me acuerdo todo el tiempo de vos, y me pregunto cómo estarás allá en Rosario.

Acá, desde la última carta, las cosas no cambiaron mucho. Como te habrás dado cuenta, ya dejé Madrid. Estoy en la dirección que me diste, y en unos días tengo arreglado llegar a Venecia. Es un viaje precioso, Ernesto. Seguramente ya viste todo lo que estoy viendo y me mandaste a estos lugares por eso, pero no puedo parar de pensar en lo parecido que es todo. Fui a la Plaza Mayor y pensé que estaba en Mar del Plata; ahora voy caminando por los Campos Eliseos y te juro, es como caminar por la parte de las embajadas de la Capital. No sé si vos pensaste lo mismo cuando estuviste acá. ¡Me encantaría estar con vos, para preguntarte!

La estoy pasando bien. La gente que te conoce me trata muy bien, y dice que te mande saludos apenas vuelva. Me preguntan qué te quedaste haciendo allá, por qué no viniste conmigo. Yo les digo que estás trabajando, como siempre. ¿Qué les puedo decir? Pensé que hablabas con ellas... Dicen que hace mucho que no hablan con vos, y que se sorprendieron cuando les dijiste que iba a ir yo. Les prometí contarles de vos cuando me respondieras alguna carta. Me cuentan muchas cosas curiosas de cuando andabas de viajero por Europa, y me dicen que al menos yo sí sé francés… Que vos no te defendías para nada. Me dijeron que te pregunte por la “vez de la mujer escarlata”. ¡Qué habrás hecho, Ernesto!

Espero que esté todo bien allá. Hace poco traté de llamar un par de veces, pero no sé por qué la operadora no conseguía enlazar la llamada. Me decía algo de que las líneas parecían cortadas, que debía ser un problema de la central telefónica de Argentina. Espero que no sea también que el correo está teniendo problemas, porque de cartas sólo recibí la última tuya. A los demás les mandé la dirección a la que me podían responder, pero no me llegó respuesta de nadie. Me imagino que con todos los preparativos del mundial, allá deben estar muy ocupados para preocuparse por eso, ¿no?

En España se hablaba mucho del mundial, pero las cosas están bastante extrañas, y acá en Francia… Bueno, la verdad es que no tengo mucha idea. Sabés que nunca me entero de mucho. A veces pregunto, y los de acá me dicen que está todo bien. Los europeos son algo raros, Ernesto. En España todos decían que las cosas andaban bárbaro, y no andaba nada bien. Están en algo así como una fase de negación después de Franco. No quieren ver lo que les acaba de pasar. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo pueden no ver, cómo pueden negarlo todo así nomás? Que yo, extranjera, no me dé cuenta es una cosa, pero que ellos que viven acá crean las cosas que creen…

Me gustaría que me escribas, aunque sean unas pocas líneas. Quiero saber cómo estás vos, cómo están los demás. Quiero saber cómo están las cosas allá, porque con todo esto no tengo noticias de nada ni nadie. Mientras escribo, me pregunto en qué andarás en este preciso momento. Seguramente, en una de esas salidas tuyas misteriosas que nunca me quisiste contar, ¡como si salir con tus amigos fuera algo malo! Hablando de malo, anoche soñé que estaba envuelta en una bandera argentina que me estaba asfixiando. Yo trataba de salir pero la bandera cada vez se apretaba más fuerte. Se me hacía un nudo en la garganta, y yo lloraba, lloraba porque no lo podía desatar, porque no podía gritar para que alguien me ayudara, porque sabía que nadie me iba a escuchar. Fue horrible … Hasta el día se puso feo. Desde ese día hasta hoy estuvo lloviendo sin parar, como se pone el cielo en Rosario cuando vienen las tormentas del Paraná, ¿viste?

Me dijiste que me ibas a mandar el pasaje de vuelta, pero todavía no lo recibí. ¿Estás seguro que lo mandaste? Llamé un par de veces a la aerolínea, e insisten que no lo tienen. Me parece raro que hayan perdido una reserva. Se supone que en dos semanas me tendría que estar volviendo. Todavía me parece ayer cuando viniste ese sábado de la nada y me dijiste que iba a viajar, ¡todo esto es un sueño! Pero cuando me subiste al avión, me dijiste que disfrutara porque era sólo por dos meses, y ya van como cinco. Sí, ya sé lo que me dijiste en la última carta, pero extraño casa, ¡y debería que volver a la facultad! La historia del Arte no se estudia sola… Aunque parece como si todo fuera a propósito para que me quede más tiempo acá dando vueltas y aprendiéndola de primera mano, metida en el Louvre, ¿no?

Ayer estaba mirando por la ventana, viendo cómo caía la lluvia, y en algún lado, alguien estaba silbando. Aunque seguro no era, me pareció que era una de las canciones de Sui Generis, de las que me hiciste escuchar varias veces. En Venecia, voy a mirar los canales y seguramente me voy a acordar del Paraná, como me dijiste que te pasaba cuando llegaste a Rosario y mirabas a nuestro río. Sólo espero que no me dén más ganas de volverme cuando me pase eso…

Te extraño mucho, Ernesto. Espero volver pronto, porque quiero verte. Y espero que cuando leas esta carta, si te llega, estés un poco menos serio que la última vez que nos vimos.

Ti voglio benne con tutta l’anima!

Tu Helena.

viernes, 25 de julio de 2008

Fuga


- Disculpe, ¿podría darme asilo esta noche?

Jérôme había estado escondido, sentado atrás de unos árboles, durante todo el día. Había permanecido en silencio, agazapado, con el anotador en una mano y la pluma en la otra. Todavía mareado, había escrito todo lo que recordaba, antes de haberse visto obligado a desaparecer.

El campesino se tocó el sombrero, sin decir nada. Apenas miró al joven frente a él: cuando olió la sangre, le hizo un gesto con la mano y empezó a caminar dándole la espalda. Jérôme cerró bien su bolso, movió un poco la cabeza, y lo siguió en silencio a través del campo.

- Esa curva... Muy peligrosa - dijo el campesino, sosteniendo la puerta del rancho, para que Jérôme pudiera pasar -. Van muy rápido. No es el primer accidente.

Jérôme lo miró a los ojos: sostuvo la mirada lo suficiente para que pareciera que estaba asombrado. Después, se sacó los lentes y se frotó los ojos con fuerza. Por supuesto que no era el primero, ni sería el último: pero eso no había sido un accidente.

No respondió. Se pasó los dedos por la cara, sobre la barba incipiente, y los bajó llenos de sangre. Era fresca: no era de la sangre que manchaba toda su ropa, de correr cuerpos. Antes de que pudiera asombrarse por continuar herido, el campesino le alcanzó una venda rudimentaria y un recipiente con agua. Jérôme agradeció con un gesto, volvió a calzarse los lentes, y se mojó la mejilla.

*

Sabía que le observaba. Le había estado mirando todo el día, mientras movía el tractor, desde el alba. Jérôme, que no había podido dormir ni un minuto, había sacado el anotador de nuevo; se había ido a un lugar apartado, lejos de cualquier ventana, y se había puesto a escribir. Quería terminar lo del día anterior; y después, tenía que mandarle una carta. Sabía que ella no tenía idea en cuál de los micros iba él: y la incertidumbre, sabían, era más desgastante que la muerte.

El campesino había hecho pocas preguntas. Jérôme había respondido las suficientes para que no quedase pegado a él. Y el otro, hombre recto y simple como uno de los árboles de su quinta, había vuelto a su rutina como si nada pasara. Ahí estaba en ese momento, trabajando, recortado contra el atardecer, mientras Jérôme sacaba un atado de cigarrillos, encendía uno, y se inundaba de humo.

Permanecieron así un rato, el campesino con la tierra, el otro mirando en silencio el atardecer. Al final, Jérôme sacó una pluma y, de pie, empezó a escribir la carta.

Estoy bien. Pero esto no fue lo primero ni va a ser lo último. Llevale esto a Durruti y quedate con él. Preciosa, si vinieron por nosotros acá, entonces allá estarán...




[a S.S.G.]

jueves, 17 de julio de 2008

Sin patria


Cuando le preguntabas por su nacionalidad, él sonreía. Se sacaba los lentes, se frotaba los ojos con paciencia, y se los volvía a poner. Te miraba a ojos, como si fuera una pregunta tonta o de respuesta obvia; y cuando se daba cuenta que no lo entendías, se reía. Sonreía más. Entonces, te comentaba que él no creía en las fronteras de los países; pero que además, no sentía pertenencia a ningún lugar. Que siempre había sido un extranjero, incluso en la tierra en la que había nacido.

Si le preguntabas por su profesión, o mejor por su vocación, él decía que era periodista. Recién ahí a vos te cuadraba el pelo corto y despeinado, la ropa informal, el bolso con la correa cruzándole el pecho y esa mirada directa a las pupilas. Y antes que pudieras preguntar dónde, él te contaba que se había vuelto independiente hacía un par de años; lo decía entrecerrando los ojos y sonriendo apenas, como acordándose de algo.

No necesitabas preguntarle su edad: de sólo verlo una vez, podías adivinarla. Siempre llegaba a vos con el casco abajo del brazo, caminando con la agilidad de un deportista entrenado: se desabrochaba la campera, acomodaba el bolso y dejaba que empezara la charla. Podían hablar de cualquier tema; él siempre le ponía igual pasión a todo. Pero cuando se empezaba a hablar de la verdad, las ideologías, el poder y la política, le empezaban a brillar más los ojos.

Si le preguntabas si era soltero o estaba en pareja, se le iluminaba más la sonrisa. Hasta ese momento, te hablaba con su tono grave y su dejo de sensualidad; a partir de ahí, hasta el tono le cambiaba. Sonreía: te decía que estaba perdidamente enamorado, y que “pareja” le quedaba chico a ella. La había conocido en Rosario, muchos años atrás, y habían estado juntos en la resistencia. Siempre hacía un momento de silencio, mirando a la nada y sonriendo ampliamente, como perdido en algún recuerdo: después volvía a la charla, como si nunca se hubiera ido.

Y cuando le preguntabas qué era eso de la resistencia, él siempre te miraba a los ojos unos segundos; con un dedo, se tocaba suavemente una cicatriz pequeña en la cara. Entonces, te decía que la verdad y el poder podían ser uno solo, si no había quienes lucharan contra eso, y si no había quien quisiera una verdad lo menos corrupta posible. Que el poder ya jerárquico no servía, pero que peor todavía era un poder de facto. Vos lo mirabas, preguntándote si realmente te lo podías imaginar con una bomba molotov en la mano, y él sonreía ante tu silencio. La misma sonrisa de cuando le preguntabas por su nacionalidad.

Al final, no se te ocurría nada más para preguntarle. Te lo quedabas mirando, y te parecía que los ojos verdes atrás de los lentes te traspasaban. A diferencia de vos, él no te preguntaba muchas cosas: tenía otras formas de saber lo que quería. Vos nunca te sentías interrogado. Y después cuando se iba, porque siempre tenía algo que hacer, te sonreía; y antes de perderse entre la gente, te saludaba con un perfecto au revoir.


Jérome Fernández
[ a S.S.G. ]